Reflexiones

Hola, soy Marina y tengo depresión 

No recuerdo la primera vez que me sentí triste sin razón alguna; que todo me hacía enojar o llorar; que mi humor cambiaba radicalmente de un momento a otro; que me obligaba a seguir durmiendo, aunque ya no tuviera sueño, sólo porque no quería empezar el día. 

A veces creo que fue cuando me salí de mi casa para venir a estudiar a la Ciudad. Pero, a veces creo que fue cuando terminé con mi primer amor. Luego pienso y me acuerdo de cuando iba a la secundaria y lloraba todos los días porque odiaba a mi escuela de monjas. 

No sé desde cuando sufro de depresión. Pero cuando me enteré que la tenía, lloré y me puse aún más triste. Primero, porque la depresión es una enfermedad mental y, segundo, porque todo el mundo piensa que la depresión sólo es un estado de ánimo y que sólo tienes que “apreciar lo bueno de la vida y animarte”. 

Un millón de cosas pasaron por mi mente cuando me enteré, y estaba (estoy) enormemente confundida. Fui sólo a una sesión con mi psicólogo y dejé de ir. No porque fuera malo, ni nada, si no que, no me siento lista para hablar al respecto. Quisiera poder entender un poco más lo que me está pasando para, entonces sí, dejarme analizar por alguien más. Sé que tal vez no sea lo mejor, que debería de buscar ayuda profesional, pero eso significaría aceptar mi condición y no me siento lista todavía. 

Me siento tan culpable por esta situación, porque lo tengo todo: una familia que me quiere y acepta cómo soy, una casa, una educación, trabajo, salud… TODO. Todo lo que, en teoría, necesita una persona para ser feliz, y no lo soy. Suena tan egoísta.

Quisiera poder saber que todo va a estar bien, que voy a encontrar la luz al final del túnel. Quisiera poder ser más fuerte que mis miedos. Quisiera poder saber expresar todo lo que pasa en mi cabeza y tener esa claridad mental sobre quién soy yo y hacia dónde voy.  

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Feminismos, Reflexiones, Violencia de género

Me pasó a mí

He tenido cierta conciencia de lo difícil que debe ser para una mujer que ha sido abusada sexualmente hablar sobre el asunto. Y digo “cierta conciencia” porque no lo había vivido en carne propia. Soy mujer y sé lo difícil que es hablar de tu propia sexualidad: una mujer no debe ser un ser sexual, según los estándares sociales.
Hace una semana fui víctima de abuso sexual. Uno de mis mejores amigos entró a mi cuarto, mientras yo dormía, y me tocó un seno. Acarició con sus dedos uno de mis pezones, para ser más específica. Yo desperté y le aventé, medio dormida, un manotazo, que apenas y logró alcanzarlo. Me tapé rápidamente con la pesada colcha hasta la cabeza y le dije que se fuera. “Bfff…” bufó exasperado, frustrado, condescendiente, y se fue. Fue todo en un segundo. Me quedé inmóvil en mi cama, escuché la puerta principal cerrarse, escuché cuando pidió el elevador, escuché cuando el elevador se alejó, escuché cuando ya no había más ruido. Después, sólo escuchaba una sola frase en mi cabeza: “cómo se atreve a tocarme sin mi permiso. Cómo se atreve a hacerlo otra vez”.
Sí, no era la primera vez que pasaba. La primera vez, fue durante un viaje que hicimos durante las vacaciones de Semana Santa con otros amigos. Rentamos una casa con tres cuartos. Marcos, otro amigo y yo nos quedamos en uno de los cuartos. Una de las noches, después de un gran susto, juntamos las camas y quedamos los tres juntos. Yo estaba en medio de ellos dos. Mientras yo dormía, Marcos me tocó las nalgas por debajo de la cobija, siguió haciéndolo por debajo de mi pijama y después, metió su mano por debajo de mi ropa interior. Yo me di cuenta desde el principio, pero por miedo a despertar a mi otro amigo, sólo traté de safarme de él discretamente, lo cual no fue suficiente. Hasta que metió su mano en mi ropa interior, entonces, entré en pánico, y le aventé la mano. Después me detuve, me dio miedo que mi otro amigo se despertara y me quedé quieta, muy quieta, hasta que me volví a quedar dormida. Al otro día, Marcos se disculpó, me dijo que no volvería a pasar. Yo lo perdoné.
Volvió a pasar, a pesar de que él me había prometido lo contrario. Volvió a pasar, a pesar de que yo lo había perdonado. Volvió a pasar, a pesar de que yo volví a confiar en él. Volvió a pasar, a pesar de que él sabía que soy una mujer feminista, cuyos principios le impiden dejar pasar este tipo de situaciones. Volvió a pasar, a pesar de que yo confiaba en él. Yo confiaba en él.
Al otro día yo estaba muy confundida. No sabía qué hacer, ni qué pensar. Yo quería poder perdonarlo… otra vez. Le mandé un mensaje [largo] en el que le hacía saber todo lo que sentía. Lo mandé porque no me quise quedar con esto. Tenía que dejarle saber que no iba a ignorar lo que me había hecho. También, debo admitir, quería darle esa pequeña oportunidad de disculparse, como dije, yo quería perdonarlo.
Él no contestó. Vio el mensaje minutos después de que lo mandé y no contestó. Yo, la verdad, estaba destrozada. No podía creer lo poco que le importaba… y claro, si ni siquiera me respeta.
Tomé la decisión de dejarlo pasar. Que no quiere decir que lo vaya a perdonar. Dejarlo pasar significa que no lo voy a denunciar penalmente [que de acuerdo al Código Penal del DF, está tipificado como abuso sexual, con agravante porque estaba dormida y, por lo tanto, estaba imposibilitada para defenderme]. Significa que no lo voy a exponer en frente de todos mis amigos. Significa que no voy a tomar acciones para hacerlo pagar. ¿Por qué? Porque eso me haría más daño a mí, sería desgastante y, la verdad, quisiera seguir mi vida como si esto nunca hubiera pasado. Sin embargo, no estoy dispuesta a confiar en él jamás. No quiero tener cerca a una persona que ni siquiera me respeta. Yo lo quería como a un hermano y él ni siquiera como a un ser humano.

Me duele mucho toda esta situación y, como ya dije, desearía que jamás hubiera pasado. Sé que lo que viene no va a ser fácil, pero yo no soy una víctima. Yo soy una mujer fuerte, que sabe defenderse y que no va a dejar que nadie pase por encima de mí. Yo soy mi propia heroína.

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Ciudad de México, Derechos Humanos

Renovarse o morir

Hace algunos meses surgió una gran polémica a causa de una iniciativa de ley en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para prohibir los espectáculos con animales. Esta iniciativa fue impulsada por grupos ambientalistas, de defensa de los animales y por el Partido Verde Ecologista.
Los circos, evidentemente, resultaron los más afectados por esta iniciativa y protestaron en las calles, sin éxito. La ley fue aprobada en la Asamblea.
Hay muchos matices dentro de esta discusión. Los más difundidos son los que argumentan que no se debe permitir el uso de los animales para el entretenimiento de la gente porque no se garantiza el trato digno de los animales. Estoy de acuerdo con que es difícil de garantizar que los animales no serán explotados o maltratados, sobre todo porque son seres que no tienen voz para reclamar. Sin embargo, no creo que la prohibición sea la respuesta ideal. Los animales que ya pertenecen a los circos quedan en estado de incertidumbre y desproteccion. Los circos ya no podrán mantenerlos y, ciertamente, regresarlos a su medio natural no es una opción. Estos animales ya no son aptos para la vida salvaje.
También hay que mencionar que parece sospechoso que sólo los circos sean afectados por esta ley, mientras que, en la Ciudad de México se siguen practicando las corridas de toros (que son evidentemente más violentas). ¿Será porque los cirqueros tienen menos poder que los empresarios taurinos (o como sea que se llamen)? Bueno, no poseo la información suficiente para seguir con la especulación, pero no me sorprendería que fuera por ese lado.
Por otro lado, los cirqueros argumentan que sí les dan una vida digna a los animales con los que trabajan y que ninguno de ellos es maltratado. Pienso que también es un argumento difícil de aseverar tajantemente, porque en realidad no hay forma de comprobar que ninguno de los animales que pertenece a los circos no haya sido maltratado aunque sea una vez en su vida. Sobre todo si se toma en cuenta que viven en jaulas y que, en los espectáculos, la mayoría de ellos responden al sonido de un látigo. Un animal sólo podría responder al sonido de un látigo si supiera empíricamente que ese látigo puede hacerle daño. Just saying.
A poco tiempo de que esta ley entre en vigor, algunos circos de renombre han anunciado que cerrarán sus puertas. Dicen que sin los animales, no pueden hacer sus espectáculos y que no piensan seguir el modelo del Cirque du Soleil, porque es muy caro; que ellos hacen un espectáculo accesible para el público y que eso no les resulta viable. Debido a eso, muchas personas ahora han salido en defensa de los circos, porque pobre gente se va a quedar sin trabajo y pobre pueblo se va a quedar, pues, sin su circo.
A mí esto me suena a chantaje. Si bien el concepto del Cirque du Soleil es inaccesible para la mayoría de la gente y, claramente, no cualquiera podría replicarlo, no es la única opción.
El circo Hermanos Vázquez argumentaba que el Cirque du Soleil aburría a los niños. Mis padres me llevaban al circo desde que era una bebé. Debo decir que la parte de los animales me estresaba y me aburría, y de hecho, fue por los animales que dejé de ir a los circos cuando tenía 11 años. A mí lo que me gustaba eran los payasos, no importa que tan tonta sea la rutina, los payasos siempre me mataban de risa. Los trapecistas me encantaban, los envidiaba porque ellos podían volar por los aires.
Lo que trato de decir es que el circo Hermanos Vázquez y el circo Atayde tienen espectáculos buenos que podrían renovarse para no depender de los animales y que no necesiten de una cantante de ópera y una orquesta para hacer un show. Eso de anunciar el cierre y “pobresito de mí” son excusas (sobre todo porque, no son nada pobresitos, están bastante forraditos de dinero).
En conclusión, la Asamblea Legislativa y los grupos ambientalistas pudieron haber encontrado una mejor solución para combatir el maltrato animal y era mucho mejor regular que prohibir; pero atendiendo a la situación actual y que ya se aprobó la ley, esta es una oportunidad para que los circos se renueven y cambien esos espectáculos que ya están bastante vistos y anticuados. Además que saldrían del mercado esos circos malos que solo copian y sí dependen enteramente de los animales evidentemente maltratados y enfermos. Renovarse o morir

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Sin categoría

El joven que descuartizó a su novia (y tocaba el piano)

¿Cómo que es machista matar y descuartizar a una mujer? Ah, pero el muchacho era un genio y tocaba el piano. Seguro esa Sandra era una puta.

Luego no digan que escuchamos pasos en la azotea, porque aquí les estamos entregando al gato, con ratón en la boca y todo.

Catalinapordiós

Uno puede hablar de un músico que por azares del destino terminó involucrado en un homicidio o puede hablar de un asesino que coyunturalmente sabía tocar el piano. Ante ese dilema se tuvo que enfrentar Alejandro Sánchez González, el autor del desafortunado (por usar un eufemismo) artículo de Emeequis “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”, que fue portada en la última edición: la historia de un muchacho que tenía un futuro prometedor hasta que se le atravesó una “naca” que por joderlo y joderlo se buscó que la mataran. ¡Portada!

Dice la revista en su respuesta a las críticas (que no es una disculpa pues solo las ofrece a quienes se hayan “sentido” agraviados por hacer una “lectura” del texto) que no pretenden “hacer apología al feminicidio o culpar a la víctima del asesinato cometido por su victimario”. Es posible que no lo pretendiesen, pero…

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Feminismos, Reflexiones

Yo ni compré boleto para el tren

Cuando era niña —muy niña, como de seis o siete años— asumía que, cuando creciera, me iba a casar y a tener hijos, porque, así era la vida. No sabía porqué, pero, así era. Mientras iba creciendo, comencé a hacer grandes planes: quería viajar por el mundo, ser paleontóloga y descubrir esqueletos de dinosaurios enterrados en la arena. Pensé que con todos esos planes, no me iba a dar tiempo de hacer lo que se suponía que tenía que hacer de mi vida: casarme y tener hijos.
Así que le anuncié a mi madre que, si alguna vez llegaba casarme y tener hijos, sería hasta después de los 30. Después, que hasta los 35. Después, que hasta los 35 y sólo un hijo. Después, que tal vez, no quería hijos y, tal vez, tampoco quería casarme.
Esa resolución final la hice cuando iba en la secundaria, probablemente tenía 13 o 14 años. Por suerte, mi madre nunca trató de convencerme de hacer otra cosa. Tal vez, porque pensaba que era demasiado joven para tomar tales decisiones y que, cuando creciera, cambiaría de opinión. Pero nunca me lo dijo.
Otras personas, prácticamente todas las personas que se enteraban de mi decisión, me decían: “nunca digas nunca”; “eso dices ahora, pero ya verás cuando crezcas”; “vas a ver que serás la primera en tener hijos”. Entre tantas otras respuestas incrédulas y condescendientes.
Al principio no me molestaban. Tal vez, porque yo también creía que cambiaría de idea, pero mientras iba creciendo, esa idea se aferraba más y más en mí. Tengo casi 25 años y estoy más que convencida de que no me quiero casar y, definitivamente, no quiero tener hijos.
Cuando digo esto, a mi edad, escandaliza más a las personas que cuando era más joven. Sobre todo porque ahora tengo argumentos. Y porque, ya no pueden decir tan fácilmente que soy demasiado joven para saber lo que será de mi vida.
Me molesta que la reacción sea tan negativa y que me exijan las razones de mi decisión. Si yo estuviera diciendo por el mundo que lo que más quiero en la vida es casarme y tener muchos hijitos, cual Susanita, nadie preguntaría por qué. Lo tomarían como algo completamente normal. O si fuera hombre, tampoco me cuestionarían. Al menos no tan inquisitivamente. Ni me verían como un ser humano despiadado y desnaturalizado.
¿Cómo una mujer no quiere tener hijos? ¿Qué clase de desalmada mujer no quiere dedicar su vida cuidando de su esposo e hijos? Pues no. No todas las mujeres nacimos para engendrar. No por ser mujer mi destino es parir y amamantar.
Estoy cansada de vivir en un mundo en el que tengo que dar explicaciones sobre mi cuerpo. No le estoy haciendo daño a nadie. Al contrario, estoy siendo responsable al no traer a otro ser a este mundo sobre poblado, destruido y corrompido. Estoy siendo responsable porque no voy a joderle la vida a nadie a causa de mi falta de vocación como madre, sólo porque por ser mujer, se supone que debo parir. Por eso es que hay tanta gente mierda en el mundo, porque gente que no tiene las habilidades ni la vocación de ser padre o madre, tiene hijos y les jode la vida a esos seres inocentes que no pidieron venir al mundo.
Ya sé que estoy siendo demasiado extremista con mis generalizaciones sobre el mundo y las personas. Sólo me molesta que la gente crea que puede tener una opinión sobre como debes conducirte en la vida y cómo debes tomar tus decisiones, sobre todo si eres mujer.

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Feminismos, Reflexiones

Los hombres son amigos, no comida

Hace poco me encontré con una publicación que me pareció alarmante, preocupante y decepcionante. Quiero que primero la lean y después les explico las razones por las cuales estoy en desacuerdo con la postura principal del post, y por qué no, las cosas con las que sí estoy de acuerdo:

¡No insistan! Ser hombre es incompatible con ser Feminista.

Por Frieda Frida Freddy

TransFeminista (y lesboterrorista) de a pie

“¿Hombres feministas? ¿Qué coño es eso? Por favor, ¡eso no existe! Ser hombre es incompatible con ser feminista”. Siempre que digo lo anterior vienen los insultos y las dos grandes e infalibles etiquetas de Feminazi y Odiahombres, no fallan. Me imaginan corriendo detrás de ellos con cuchillo en mano para rebanarles el pene. Y la verdad es que no les culpo, tales imágenes son las que les han posicionado bastante bien para detractar los feminismos.

Pero lo sostengo: ser hombre es incompatible con ser feminista. Y aunque estoy tan cansada de tener que argüir una y otra vez esta aseveración, hoy me decidí dejarlo por escrito, sólo porque estoy de ánimos decembrinos, y porque a ver si dejándolo sentado en un texto, les hace un poquito más de eco, y dejan de insultar por insultar (para terminar reproduciendo siempre lo mismo y que nada cambie). Así que aquí voy. Si han llegado ustedes hasta este renglón, ya han pasado lo más duro del artículo, lo demás es pan comido. Verán.

El sólo hecho de nombrarse hombre, en este mundo social, heteropatriarcal y capitalista en el que vivimos es en sí ya un privilegio, un símbolo de poder (sí, sí, sí, aunque ellos digan que rechazan ese privilegio, pero se da de facto y eso es innegable). Cuando alguien dice: “Yo soy hombre y soy feminista”, inmediatamente vienen para él los adjetivos de “hombre bueno, hombre solidario, gran hombre, un verdadero hombre, un hombre que respeta a las mujeres, un caballero”, etcétera.

En cambio, cuando una mujer dice: “Soy feminista”, la idea generalizada es que se trata sólo de una mujer insumisa, liberada, ¡que al fin abrió los ojos y se dio cuenta que tenía derechos! ¿Ven? Y eso es lo más propio, porque la mayor de la veces la idea generalizada se reduce a que son simples mujeres amargadas, en contra de los hombres, horda de viejas argüenderas, marimachas, locas, que no tienen qué hacer. “Desde el respeto” (y para darles un poquito de estatus social) a veces también les llaman mujeres empoderadas (igualito que los hombres en el espacio público, que ellos ya estaban así de empoderados desde siempre, faltaba más). Estas mujeres feministas hasta tuvieron que sentarse a leer para llegar a ese punto de emancipación y defensa de su propio cuerpo, su vida, su sexualidad, y sus derechos (dejaron de ser tontas, pues, entiéndase). ¡Qué atrevimiento!

Éste es a grandes rasgos el discurso sórdido, misógino, detrás de la bonita fotografía de las que son feministas y el acompañamiento que los “hombres feministas” hacen junto a ellas; bonita postal regalo del mundo social, heteropatriarcal y capitalista, repito. Parece ser que nadie está viendo (o queriendo ver) detrás del fotoshó de la cursi imagen.

Y no, no es esencialismo, permítame revirarle. Es nuestro mundo social, el que hemos (mal) construido. Aquí nombrarse mujer no es ningún privilegio, es arriesgar la vida misma. Es también para la gran mayoría un daño psico-emocional que repercute en la salud física, sexual y social. Esto para quien me diga que si ellos no pueden nombrarse hombres, ellas tampoco pueden nombrarse mujeres (vaya, vaya). Ser mujer es asumir una categoría cimentada en lo inferior y luchar por reivindicarla, es necesario seguir tomándola para combatir este sistema. Aunque en esa posición y adopción se redefina constantemente y se incluyan todas esas otras construcciones del ser mujer, o del no serlo.

Eso es lo incompatible con ser hombre y ser feminista, porque feminismo es tomar consciencia del sistema de opresión y dominación, y domesticación, que nos han impuesto. Así, los feminismos luchan por erradicar estas estructuras de poder y abuso, estos esquemas de superioridad, estas construcciones simbólicas creadas y socializadas violentamente desde el heteropatriarcado. Por lo tanto, “hombre” que se asuma feminista, tiene que hacer mucho más que enunciarse, tiene que radicalizarse, tiene que soltar privilegios, tiene que salirse de estos esquemas y construcciones simbólicas. Los feminismos, pues, no luchan contra las personas que tienen un pene, sino (entre otras cosas) con las construcciones que se han hecho alrededor de ese rasgo biológico.

Las personas con un pene pueden ser feministas, pero tendrán que abandonar figuras jurídicas, sociales, culturales, y genéricas, como ésta de “ser hombre”, que es el mayor símbolo de superioridad en el mundo (va de nuevo) social, heteropatriarcal y capitalista. Ése es el primer privilegio a soltar. Por ejemplo, conozco a “hombres feministas” que “dejan” que sus parejas mujeres les penetren con dildos (por solidarios), sí, leyeron bien, “dejan”, así entrecomillado, es decir, dan permiso, porque en tanto su categoría genérica de ser hombre, siguen estando en el rango alto y son los que dan el permiso, los que dejan, los que permiten, por solidarios, y nunca porque puedan decir simplemente que les encanta, que lo disfrutan. Así nada más.

Otro típico ejemplo es el de los “hombres feministas” que, ¡hasta cuidan de los hijos y cocinan! ¡Cuánta solidaridad, pol dió! Que me parto. Es decir, que preparan una pastita a la bologñesa los domingos (día en el que han decidido, para no variar, que sus mujeres descansen un poco), y que cambian un pañal y dan palmaditas a sus nenes en la espalda, durante las dos o tres horas que les cargan y les duermen.

Cuando es evidente hasta para mí, que soy daltónica, miope, y con maculopatía serosa, que cocinar es mucho más que guisar, es invertir tiempo en planear lo que se va a preparar, en salir a comprar los ingredientes y administrar los gastos, es trabajo físico frente a una estufa; y no termina ahí, es más tiempo después en limpiar y lavar lo que se ensució. Y no tiene fin, porque de ahí es volver a empezar este círculo.

Y en ese supuesto cuidado de lxs hijxs es el mismo retoque fotográfico. Pues cuidar es mucho más que cargar durante dos o tres horas a un chilpayate y quitarle un pañal lleno de mierda. Es dedicar tu cuerpo, tu energía, y más de la mitad de tu tiempo a alguien. Por darle “frutos del amor” a tu pareja (¿WTF?).

Nuevamente bajo este esquema misógino, los “hombres feministas” ayudan (léase nuevamente, AYUDAN) en las tareas (tan bondadosos ellos), pero continúan sin hacerlas suyas, sin hacerlas propias, porque es obvio que esos roles son exclusividad del ser mujer, ¿no? Son naturales. Lógicamente es el único quehacer que tienen ellas. Es decir, que nunca realizan estas actividades bajo el entendimiento de que también es su casa, y también son sus criaturas. ¿Dónde queda entonces el asumirse hombre y feminista al mismo tiempo? ¿De qué feminismos cacareamos? ¿Estas personas que se definen hombres están realmente cuestionando su posición privilegiada? Hablando en el solo caso de hombres heterosexuales, eh.

Los “hombres feministas” al jactarse con estos dos conceptos así en conjunción, se llenan de aplausos generosos, de reconocimientos sociales. Y de hombres buenos no les bajan. ¡Hasta cogen mejor! Les hacen hecho la fama. ¿Exagero? ¿Quién ha dicho para ellos que se trata de hombres empoderados, argüenderos, locos, maricones, emancipados? ¡Ah!

“Yo soy hombre y soy feminista”, ¿por qué anteponer primero la categoría social genérica antes incluso que su propio nombre? Cuando se puede decir: Soy Pedro y soy feminista, soy Octavio y soy feminista. Y no estoy hablando de una simple forma en el lenguaje. Esto es un asunto de forma y de fondo, porque el lenguaje es lo que construye mundos sociales. Con el lenguaje, con ese nombrar las cosas y a las personas, con el socializar la lengua que hablamos, es con lo que levantamos este mundo social tan descompuesto y podrido que nos oprime día a día. Con el empezar a nombrar diferente, es con lo que lograremos construir otro nuevo, y más libertario. No hay otra.

Y ya de que estos esquemas de “ser hombre” se reproducen hasta en los gays, y de que hombre y mujer no es lo único que se puede ser en la vida (como es mi caso), mejor ni ahondamos porque ya no me da el ánimo para seguir argumentando, por más decembrino que esté el ambiente.

Primero voy a decir por qué me pareció decepcionante: es decepcionante porque en ningún momento se aporta un argumento de por qué los hombres no pueden ser feministas. En primer lugar ¿qué es ser feminista? ¿Quién decide quién es y quién no es feminista? ¿Hay algún comité, una barra, un colegio de feministas? ¿Se tiene que pasar algún examen? Para empezar, se debe de tener en cuenta de que no existe un solo feminismo y, por supuesto, no todas las feministas son iguales ni piensan de la misma manera. Hay un millón de concepciones de feminismo y todas varían dependiendo de quién las defina. Esto es lo que hace que las discusiones feministas sean siempre dinámicas y evolutivas. Es por eso que el feminismo, como movimiento, lleva ya cuatro etapas históricas desde su formación (cinco si se toma en cuenta la etapa del feminismo premoderno).

Me parece alarmante que se diga que para que una mujer sea feminista debe quitarse lo tonta. De nuevo, puede que esto tenga que ver con la concepción que cada quién pueda tener sobre feminismo, pero estoy casi segura de que no hay una definición de feminismo que proclame que una feminista es aquella que se haya leído toda la obra de Simone de Beauvoir. Qué terrible y elitista afirmación.

Rebecca Lolosoli, una indígena de Samburu en Kenia, fue entregada en matrimonio a sus 18 años a cambio de 17 vacas. Denunció las violaciones que sufrían muchas mujeres por parte de soldados británicos, por lo que Rebecca fue golpeada brutalmente por cuatro hombres. Cuando salió del hospital, Rebecca abandonó a su marido porque no recibió apoyo de él. Rebecca siguió su vida de protesta desafiando al sistema tribal en el que las mujeres están sometidas al hombre, no se les permite asistir a la escuela o tener propiedades; las mujeres violadas no tienen protección de la ley, por lo que son víctimas de humillación y son expulsadas de su familia, quedando en las calles, vulnerables a la violencia y a los malos tratos. Dudo mucho que Rebecca Lolosoli haya leído a Betty Friedan o Kate Millett, pero dudo que alguien se atreva a decir que ella no es feminista.

Ahora, volvamos a lo que es ser feminista. No importa cuáles sean las ideologías y los medios que cada corriente del feminismo sostenga como válidas, el fin, se puede decir, es uno solo: acabar con la opresión de la mujer y conseguir la igualdad fáctica entre el hombre y la mujer. ¿O no? Entonces, ¿por qué descartamos a los hombres de ser parte del movimiento? ¿No es eso lo que se busca? Que los hombres, como entes de la sociedad, reconozcan que las mujeres somos seres humanos con capacidades, derechos y libertad sobre nuestros cuerpos. Si decimos que los hombres no pueden ser feministas ¿no estamos condenando al movimiento al fracaso desde el principio? Debo aclarar que estoy de acuerdo con que los ejemplos de “hombres feministas” descritos en el post anterior, en realidad no son feministas, pero eso no quiere decir que no sea posible que un hombre pueda declararse o ser reconocido como tal.

Otra cosa que hay que tomar en cuenta es que los hombres, al ser parte de la sociedad, también se encuentran oprimidos por ella. A los hombres también los acosan, violan, golpean y matan por sus preferencias sexuales e identidad de género. Para que un hombre sea ese ente empoderado debe cumplir con ciertos requisitos que lo identifiquen como masculino (pueden leer a Warren Farrell). Claro que hay muchos casos en los que el hombre no sufre de opresión porque simplemente, y sin esforzarse, cumple con los dictados sociales respecto a su género. Es por eso que las mujeres somos más oprimidas, porque no importa que cumplamos las expectativas sociales, siempre somos discriminadas de alguna forma (creo que ya me desvié del tema).

El punto es que no se debe de ver al hombre como enemigo. El hombre, como individuo, es igualmente sometido a los roles sociales y de género que las mujeres. La batalla no es contra el hombre, sino contra la sociedad.

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P.D. Un pequeño quiz para saber si eres feminista o no. Diseñado por el Colegio Nacional de Feministas, integrado por mí:

1. ¿Usted cree que las mujeres y los hombres deben tener las mismas libertades y la misma autonomía para decidir sobre sí mismos?

R= Si respondió que sí a la pregunta anterior, felicidades, es usted feminista. Si respondió que no, muérase.

 

 

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Insomnio de domingo en la noche, Reflexiones

“Everything in the world is about sex except sex. Sex is about power.” ― Oscar Wilde

El sexo, cuando es sólo sexo, no es más que poder y posesión. A nadie la gusta que otras personas se metan con lo que es suyo ¿no? Creo que eso es lo que me está pasando. 

Comencé una relación con un amigo mío. Sólo sexo, sin sentimientos ni compromisos. Todo iba muy bien. A pesar de que él tiene/tenía novia. Sí, ya sé qué estarán pensando: ¿otra pinche vez? ¿una vez no te bastó para aprender? No, no son las mismas circunstancias. La vez pasada yo estaba enamorada de mi mejor amigo, que tenía novia. Ahora puedo decir con certeza que la parte del enamoramiento no ha sucedido ni sucederá. Nuestra relación se basa en puro sexo. Y dirán: ¿cómo no involucras sentimientos en algo tan íntimo, como lo es el sexo, y que, además, sucede con cierta cotidianidad? Bueno, es simple. Él no es ni cerca del tipo de hombre del que me enamoraría. Es más, me compadezco de la pobre mujer que de verdad logre enamorarse de este patán (¿Les mencioné que le pone/ponía el cuerno a su novia conmigo?). Lo conozco demasiado bien como para no enamorarme de él.

Como les decía, todo iba bien hasta que el cabrón se atrevió a pedirme que lo “recomendara” con alguna de mis amigas. Al principio lo tomé como una broma y decidí no tomarlo en serio. Hasta que en eventos posteriores, en frente de mí, coqueteó descaradamente con mi roomie y con una de mis mejores amigas. En días diferentes, claro. 

Casualmente, estas dos amigas mías saben de mi relación con él y en qué términos. Ajá, tienen muy en claro que sentimentalmente él no me importa. Entonces, ¿qué daño me harían si también se acuestan con él, no? Por qué habría de enojarme, si no siento nada por él. No, no siento nada por él, pero, de cierta forma, él es mío. Mío. 

Me sentí completamente amenazada por lo que había sucedido. No sabía cómo reaccionar. Sentía que sería reemplazada. Debo aclarar que siempre estuve consciente de que Gabriel se acostaba con otras chicas, aparte de su novia, y de mí. Y eso jamás me quitó el sueño. Pero el hecho de pensar que lo haría con mis amigas me molestó mucho. En el mundo de las chicas hay reglas muy severas y, definitivamente, acostarte con el chico de tu amiga es un don’t. Aún así me sentí amenazada.

Mi obsesión llegó al punto en que soñé con que mi roomie sí se acostaba con él y no sólo eso, sino que me hacía saber que yo no tenía derecho a reclamarle, porque él y yo no somos nada y, supuestamente, no tengo sentimientos hacia él. 

Tenía que desahogarme de alguna forma, porque mi subconsciente me lo está gritando, aparentemente.

La verdad es difícil llegar con una persona y contarle sobre lo que acabo de describir. Porque hay ciertos estigmas sociales y morales que me dictan, como miembro de esta sociedad y como mujer, que no lo debo de hacer. Empezando porque tengo sexo extramarital, con un hombre que está atado a un compromiso; y, para rematar, me siento atormentada por un sentimiento puramente egoísta, banal y posesivo.

Me encontré con esa frase de Oscar Wilde. “El sexo se trata sólo de poder”. Creo que no siempre se trata de poder, cuando, al estar consciente de lo anterior, también involucras sentimientos. Pero, en mi caso, sí aplica. Por eso, cuando amenazan tu posición de empoderamiento te sientes vulnerada y amedrentada.

Aún no sé cómo resolver este dilema. Pero al menos ya sé qué es lo que me pasa. 

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